lunes, 29 de septiembre de 2008

LUCY Y EL AMOR




LUCY Y EL AMOR


Hacía tiempo que estaba enferma, y desde que lo estaba todo el mundo se había olvidado de ella, como si a causa de su enfermedad hubiera dejado de interesarles. Ni siquiera su primer amor había vuelto para ver cómo se encontraba, la había dejado allí, abandonada en la vieja casa de pueblo de sus padres, donde hacía años que no pisaba, se había olvidado también de los que le dieron la vida, tampoco le servían ya.
La vida de Lucy se había tornado gris, no era más que una sucesión de días parecidos que la conducían poco a poco a una desaparición lenta que no terminaba de llegar a pesar de ser una sombra que se cernía sobre ella continuamente. Estaba siempre recostada en una pared de la vieja casa de piedra, mirando la lluvia y la nieve en invierno, soportando el calor veraniego, escuchando el lamento de la luna por la noche y viendo envejecer a las gentes del pueblo mientras sus jóvenes huían hacia un lugar más lleno de esperanza. Ella también lo hubiera hecho si hubiera podido, pero estaba enferma desde hacía años y no había nadie que quisiera llevarla a otro lugar, uno donde la vejez y la muerte no estuvieran continuamente presentes.
Su vida no siempre había sido así, hubo una época en la que era joven y bonita, un tiempo en el que despertaba la admiración de jóvenes y menos jóvenes. Sí, su pasado poco tenía que ver con su presente actual, era mucho más prometedor. Fue en ese tiempo cuando su primer amor llegó, y ambos se enamoraron a primera vista. Él la eligió de entre un montón y ella siempre se había sentido orgullosa de ello, porque aquel joven era el más guapo que había visto en su vida. Se sentía encantada de pasear con él por las calles, luciéndose coqueta, le acompañaba a todos los sitios, siempre estaban juntos y él se ocupaba de que no le faltase nada, la cuidaba como si fuera lo más valioso que hubiera tenido nunca. Fue con él con quien conoció los lugares más bellos e importantes de la ciudad, sí, porque entonces vivía en una gran ciudad llena de movimiento y actividad, y a ella le encantaba, se sentía bien, llena de vida.
Pero el tiempo, cruel y despiadado, pasaba sin detenerse un solo instante y poco a poco ella se fue enfermando. Al principio su amor cuidó de ella, se preocupó de que se curase, de que estuviera bien, la quería y no quería perderla, por eso la llevaba a los mejores especialistas, ella sentía que jamás la abandonaría, estaba segura de que ahora que ella le necesitaba a él, lo tendría a su lado, ocupándose de todo. Pero las cosas no sucedieron de este modo. Pronto descubrió, muy a su pesar, que él no la quería tanto como ella le quería a él, la fue dejando de lado poco a poco cansado de ver su deterioro. Lucy se esforzó en mejorar, en brillar como lo había hecho en sus mejores tiempos, tenía la esperanza de reconquistarlo, de que todo volviese a ser como al principio, pero esto no sucedió, y le vio alejarse de ella día tras día, no tuvo más remedio que irse bebiendo a sorbos cortos la indiferencia que él le ofrecía.
Un día él apareció con otra, mucho más joven y hermosa que ella, una que se pavoneaba mostrándose en todo momento mucho mejor, a Lucy se le partió el corazón, en aquel momento supo que ya nada sería igual. Quedó totalmente apartada de la vida de él, relegada a un terrible segundo o tercer plano, abandonada completamente, y esto agravó su enfermedad, se fue entumeciendo cada día más, carcomida por la soledad y la oscuridad de unos días largos y vacíos. Se fue sintiendo pequeña, infinitamente pequeña e insignificante, él no volvió a mirarla.
Quizás por cobardía, o por un sentido absurdo de culpabilidad, aquel que un día la quiso no la dejó tirada en cualquier esquina, sino que la llevó a aquel pequeño pueblo del que todo el que tuviera alguna perspectiva de algo salía. La dejó allí, en casa de sus padres, y si alguna vez volvió, que si o hizo no fue en demasiadas ocasiones, ni siquiera se acercó a ella para verla. Aquello era casi peor que si la hubiera dejado en cualquier esquina, porque ralentizaba su desaparición exasperándola por completo.
Pero la vida se compone de repentinos giros inesperados que hacen que los acontecimientos se inviertan muchas veces, y por suerte para Lucy, el destino, caprichoso siempre, quiso que el amor volviera a su vida. Fue una mañana de verano, cuando el sol ya calentaba colgado allá en lo alto como una enorme bombilla; un joven que paseaba por allí la vio desde lejos y se detuvo un momento. Al principio dudó, seguramente por timidez, y Lucy se puso tensa, porque ya le había visto y se había enamorado de él. El chico se fue acercando lentamente mientras agudizaba la vista, ella tembló, se sabía enferma y fea ya y temía que él no fuese capaz de ver la belleza que un día tuvo, pero el chico siguió avanzando hasta colocarse frente a ella, ambos se miraron durante unos largos segundos, entonces el chico sonrió, le gustaba lo que veía, y ella no pudo evitar emocionarse. Él extendió la mano y la acarició suavemente haciéndola estremecerse, hacía tiempo que nadie se fijaba siquiera en ella. De pronto se escuchó un ruido, como el chasquido de una rama al partirse, el chico se giró sobresaltado, se trataba del dueño de la casa, un hombre mayor y encorvado por el peso del tiempo sobre sus hombros:
- ¿Querías algo? – preguntó en tono hosco, la vida no le había sonreído demasiado y había aprendido a no fiarse del género humano.
- Hola, me llamo Enrique, Enrique García, soy el hijo de Luis, no sé si le conoce – comentó el joven amable.
- Sí, sí, hace tiempo que no le veo – dijo a su vez el anciano sintiéndose más relajado al ver que no era del todo desconocido.
- Es una Vespa 125L del año 64, ¿verdad? – preguntó Enrique refiriéndose a Lucy, que se había quedado prendada de su voz dulce.
- Sí, bueno eso creo, era de mi hijo, la compró hace muchos años en Oviedo, pero yo no sé mucho de eso – respondió el anciano con cierto desdén, en el fondo no podía comprender cómo aquel chico se había fijado en un trasto tan viejo y descacharrado.
- Le faltan algunas piezas, pero se puede restaurar, es preciosa – comentó el chico agachándose junto a Lucy, que gritaba en su interior: Sí, sí, sí.
- Es un trasto – repitió el viejo con cierto desprecio en la voz.
- Una vez, hace años, cuando era un adolescente, vi una muy parecida, pero entonces no la pude comprar, no tenía dinero – dijo el chico mientras la acariciaba suavemente, Lucy no pudo evitar el sentirse un poco celosa, parecía que ella tampoco era el primer amor para él -. ¿Usted me la vendería? – preguntó entonces el joven poniéndose en pie.
- ¿La quieres comprar? – preguntó a su vez el hombre extrañado, el chico asintió -. ¡Pues no esperaba yo hacer negocio con este trasto!
Pero para Enrique, Lucy no era ningún trasto, sino algo bello y precioso, por eso decidió llevársela de allí, y se la llevó lejos, a un pueblo al lado del mar, un mar como el que Lucy ya había conocido en su juventud. La fue curando poco a poco devolviéndole la salud, la despojó de su viejo vestido verde y le puso uno rojo, la aseó y maquilló hasta dejarla preciosa, casi más de lo que un día lo fue. La pequeña Lucy no podía creerlo, había escapado de aquel cementerio de vivos en el que su primer amor la había abandonado, y ahora la gente la miraba de nuevo con admiración, incluso más que antaño, porque la veían como a una superviviente, como algo único. El amor de Enrique la había devuelto a la vida y era feliz, sin embargo la vida le había enseñado, y ahora sabía que probablemente ella ocupaba el lugar de alguna otra, igual que le pasara a ella en el pasado, y es que pensaba que el amor de los seres humanos era caprichoso y un tanto egoísta.